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Diálogo: qué es, definición, origen, tipos de diálogo, cómo escribir un diálogo y más 

Además de ser un subgénero literario que hace parte del género didáctico, se ha convertido en uno de los recursos más importantes que es posible encontrar en otros géneros de la literatura, como el dramático y el narrativo, en especial. Se trata de una forma que permite la comunicación verbal o escrita en la que pueden involucrarse dos o más personas intercambiando ideas, pensamientos, emociones, opiniones, etc. 

En definitiva, el diálogo es un intercambio de información que se realiza a partir de un emisor y un receptor, y que puede presentarse tanto de manera oral, como de manera escrita. 

Conoce más sobre el género didácticos

El término diálogo procede del latín dialŏgus, el cual, a su vez, proviene del vocablo griego que hace referencia a una conversación entre dos o más personas. En esta conversación que se desarrolla se ponen en evidencia ideas, pensamientos, emociones, opiniones, etc, de forma alterna en la que cada participante toma la palabra y posteriormente, escucha al otro. 

Podemos definir el diálogo como una conversación entre dos o más personas en las que se turnan el rol de emisor y receptor, de manera que ambos tienen participación dentro de la actividad comunicativa, haciéndolo un intercambio recíproco. 

Como mencionamos, el diálogo permite la comunicación oral o escrita de dos o más personajes dentro de una obra literaria, de manera que además de ser un subgénero, también es un recurso que permite que los personajes puedan manifestarse y expresarse.

Se considera que el nacimiento del diálogo fue cultivado en Grecia a partir de Sócrates, quien usaría el recurso como instrumento para consultar verdades de carácter filosófico a través del debate con otros recursos como la mayéutica. Sin embargo, todo esto fue posible conocerlo gracias a Platón, quien escribió las manifestaciones de su maestro, además de otros autores. Posteriormente, hacia el siglo II d.C, aparecen autores como Luciano de Samosata, quien compone diálogos con particulares intenciones satíricas frente a creencias, pero también falencias de la sociedad de la época como forma de crítica. 

subgénero diálogo

Con la difusión de este recurso, en Roma aparecen autores como Cicerón, quien amplía las dimensiones de los parlamentos para dotarlos de nuevos valores a partir de discursos. No obstante, con la llegada de la Edad Media, el diálogo empieza a desligarse del campo filosófico para hacer parte de otro género que le permitiría exponer su intención didáctica, lo que le permite, también, convertirse en un nuevo subgénero que aparece con la formulación de preguntas y respuestas que facilita la manifestación del ingenio de los autores. 

Ahora veamos algunas características esenciales que permiten el desarrollo del diálogo correctamente: 

Interlocutores: para que se pueda generar un diálogo, es necesario contar con al menos dos interlocutores que participen dentro de la conversación, dado que se debe dar el cambio de roles entre emisor, es decir, quien emite el mensaje, y el receptor, quien lo recibe, para que luego se cambien las posiciones. Es a ello a lo que denominamos diálogo, pues se turnan las intervenciones. 

Forma de presentación: como mencionamos, otra de las características del diálogo, tiene que ver con que se puede presentar tanto de forma oral, como de forma escrita. Oral como sucede dentro de las obras de teatro, las cuales parten de una escritura dentro del libreto, o completamente escritas, que es la forma en la que aparecen en obras como novelas, donde los personajes se manifiestan a través del texto escrito que es leído por el lector. 

Signos paralingüísticos: son elementos que están presentes dentro del diálogo y que permiten identificar momentos en los que la voz se puede intensificar, así como también están presentes los signos kinésicos del diálogo, los cuales dan cuenta de los gestos al articular las palabras del diálogo y hasta las posturas que toman los personajes. Es uno de los elementos singulares que se usa dentro de la literatura. 

Temas: como sabemos, las conversaciones que pueden surgir entre personajes en una situación determinada pueden ser infinitos, así mismo sucede con los diálogos literarios, dado que puede llevarse desde una conversación amable y tranquila, hasta una discusión de mucha potencia entre los participantes o interlocutores.

Ubicación del diálogo: otro elemento básico que se debe tener en cuenta es que el diálogo puede estar presente en casi cualquier tipo de subgénero literario, sea que pertenezca o no al género didáctico también, o al género narrativo como en el cuento, la novela o la fábula, o bien en el género lírico en la poesía, o en el género dramático a través de las obras de teatro. 

Caracterización de personajes: una de las facilidades que permite el diálogo es precisamente la forma en la que es posible identificar y caracterizar a los personajes, pues el diálogo, al ser su forma de manifestación más directa de pensamiento, es capaz de poner en evidencia sus intenciones, sus ideas, sus emociones, estados de ánimo y en general, aquello que no se puede percibir a través de la postura física o descrita del personaje.

Si bien el diálogo en la literatura existe a partir de una serie de parámetros y estructuras, también existen otros tipos de diálogos de los que es importante distinguirlos para su uso. Por ello, conviene revisar cuáles son los tipos de diálogo que existen: 

Diálogos literarios

Son todo tipo de diálogos o conversaciones que aparecen en obras artísticas, como cuentos, obras de teatro, novelas, producciones de películas, entre otros. Estos diálogos, a su vez, pueden desarrollarse de dos formas: 

Diálogo interno

Son conversaciones que ocurren dentro del pensamiento de los personajes y que pueden recurrir a recuerdos o a la imaginación. Se sitúan dentro del yo interno del personaje, pues ocurre en su cabeza. 

Diálogo externo

Son todos aquellos que involucran a más personajes, de manera que van construyendo una conversación que tiene lugar dentro de la trama de la historia que se está desarrollando. 

Y de otro lado encontramos los diálogos no literarios, aquellos que surgen sin estar ligados a ningún tipo de manifestación artística, de manera que están ausentes de las obras y que ocurren dentro de la cotidianidad de los seres humanos. En este sentido, es posible clasificarlas de la siguiente manera: 

Diálogo formal

Son aquellos que relacionan a personas de poca confianza, por lo regular bajo protocolos establecidos de seriedad y respeto. A menudo tienen lugar en el ámbito laboral y comercial. 

Diálogo informal

Tienen lugar entre personas de mucha confianza, con frecuencia familiares, amigos y personas cercanas, de manera que pueden incluir expresiones mucho más naturales, lejos del formalismo, sin que ello signifique romper con el respeto. 

Otros tipos de diálogo

Diálogo directo

Es un diálogo que permite constatar y probar lo que dice cada uno de los participantes dentro del diálogo, de manera que cuando se escribe, cada participación está dividida por líneas de diálogo que permiten observar la información que cada uno de ellos aporta. 

Diálogo indirecto

En este caso, es el narrador el que da cuenta de lo que cada uno de los participantes manifiesta, de manera que el contenido es presentado por una tercera persona que comunica lo que dice cada interlocutor. 

Diálogo espontáneo

Son diálogos libres y espontáneos que suelen estar presentes en los modos de comunicación más comunes entre dos personas, semejante a una conversación informal. 

Diálogo organizado

Este tipo de diálogo suele estar presente en espacios y actividades como los debates, las mesas redondas, las entrevistas, las tertulias y otras actividades en las que se concede la palabra de forma organizada para poder escuchar y opinar acerca de la información que cada uno de los participantes aporta. 

Es importante tener en cuenta que, a la hora de escribir un diálogo, especialmente si se trata de personajes, es el autor quien debe conocer de forma profunda cada uno de los interlocutores para identificar las formas en las que se expresa cada uno, la libertad de palabra, los pensamientos y sentimientos que es capaz de exponer, etc. Esto determinará el fluir de los diálogos al darles voz a cada uno de ellos. 

Veamos cómo escribir un diálogo: 

  1. Conoce muy bien a tu personaje

Como mencionamos, parte de empezar a escribir un diálogo implica tener un conocimiento y acercamiento previo al personaje al que le vamos a conceder la palabra. De manera que será necesario identificar los rasgos de su personalidad, la procedencia, la edad, su nivel educativo y profesión, contexto en el que se encuentra, entre otros datos que permitirán concederle palabras que una persona como esta usaría en su contexto. 

  1. Empieza a escribir 

Una vez tengas lo anterior, es momento de empezar a escribir. Para ello debes tener en cuenta el contexto en el que se va a desarrollar el diálogo, pues esto determinará, además de la personalidad de los personajes, el ambiente en el que se va a presentar. 

Si bien puedes usar las líneas de diálogo para dar voz de forma directa a tus personajes (—), a través de la cual cada interlocutor expresa textualmente lo que quiere decir, también puedes usar el diálogo de forma indirecta, en el que es el narrador quien se refiere a sus expresiones, añadiendo elementos como “dijo”, “respondió”, “gritó”, “protestó”, entre otros que aparecen también dentro del diálogo directo. 

  1. Permite el progreso 

Un diálogo no es un proceso estancado, sino que, por el contrario, debe traer información a la escena, que permita seguir desarrollando y dando progreso a la historia. En ellos se expone otra parte de información que es fundamental, por ello cada diálogo debe estar dotado de datos clave que manifiesten ideas, pensamientos o emociones determinantes para la historia. 

Cada diálogo debe tener un propósito que aporte a la historia y que refleje algo para el lector, de manera que si no lo hace, será mejor tomar otro momento para desarrollar el diálogo. 

  1. Construye diálogos variados 

Están bien los diálogos tranquilos, en los que vaya fluyendo poco a poco la historia, sin embargo, los climas deben variar así como sucede dentro de la misma historia, de manera que puedes fijarte en aquellas conversaciones con discusiones fuertes y enfrentamientos que lleven la emoción al lector, así como aquellos en los que los sentimientos afloran, las declaraciones amorosas u otra serie de situaciones de ambiente más tranquilo. 

  1. Revisa y lee en voz alta

Uno de los puntos clave para revisar la verosimilitud que puede tener un diálogo, es leerlo en voz alta, además de que también nos permite revisar y corregir posibles fallas que no se escuchen como quisiéramos. 

Cuando lo leas en voz alta podrás personificar a quien lo dice para escuchar cómo suena y cómo es interpretado por el interlocutor. Incluso puedes probar leerlo con otra persona para fijarte el curso que toma, los ambientes en los que se sube y de forma general, revisar si funciona o no para esa parte de la historia. Recuerda que debe estar perfectamente escrito, ya sea por si será interpretado próximamente, o porque sólo sea leído por el lector, pues esto determina mucho acerca de cómo se debe interpretar. 

Recuerda fijarte muy bien en las conversaciones que se entablan en tu cotidianidad, con personas cercanas y toma esto como punto de referencia para empezar a evaluar la forma en la que surgen, expresiones que suelen estar presentes. De esta forma agregarás la naturalidad que deben expresar los diálogos. No hablamos como escribimos, por ello el diálogo requiere de una atención más profunda. Así mismo, no olvides fijarte en obras que integren este subgénero, como el que verás más adelante del fragmento de la obra “Romeo y Julieta”. 

 diálogo

El diálogo siguiente es un fragmento de la obra “Romeo y Julieta”, escrito por Shakespeare, y en el que se refleja el uso de este subgénero: 

JULIETA.-  ¿Dónde estoy? ¡Amparádme, espíritus celestes!

ROMEO.-  ¡Habla, vive! Sí, ¡aún podemos ser felices! Mi buena, propicia estrella, me indemniza al presente de todos los pasados sufrimientos. -Levántate, levántate, Julieta mía, deja que de este antro de muerte, de esta mansión de horror, te transporte sin demora a los brazos de tu Romeo, que en ellos infunda en tus labios vital aliento y te vuelva mi alma a la vida y al amor. (La levanta.) 

JULIETA.-  ¡Dios mío! ¡Qué frío hace! -¿Quién está ahí?

ROMEO.-  Tu esposo, tu Romeo, Julieta; vuelto de la desesperación a una inefable alegría. Deja, deja este lugar y huyamos juntos. (La saca de la tumba.) 

JULIETA.-  ¿Por qué así me violentáis? – Jamás consentiré, pueden faltarme las fuerzas, pero es invariable mi voluntad. -No quiero casarme con Paris. ¡Romeo es mi consorte!

ROMEO.-  Romeo es tu consorte; ese Romeo soy yo. Ni todo el contrario poder de la tierra o de los hombres romperá nuestro vínculo, ni te arrancará de mi corazón.

JULIETA.-  Yo conozco esa voz; su mágica dulzura despierta mi suspenso espíritu. -Ahora recuerdo bien todos los pormenores. ¡Oh! ¡Mi dueño, mi esposo! (Yendo a abrazarlo.) 

¿Huyes de mí, Romeo? Deja que toque tu mano y que guste el cordial de tus labios. -¡Me asustas! Habla. -¡Oh! Que oiga yo otra distinta voz que la mía en este lúgubre antro de muerte, o perderé el sentido. -Sostenme.

ROMEO.-  ¡Oh! No puedo; estoy sin fuerzas; por el contrario, necesito tu débil apoyo. -¡Cruel veneno!

JULIETA.-  ¡Veneno! ¿Qué dices, dueño mío? Tu balbuciente voz, tus labios descoloridos, tu errante mirada… -¡En tu faz está la muerte!